Ché

En algún lugar de este cúmulo de galaxias estás tú y estoy yo, separados por una sucesión de acontecimientos, de los cuales desconozco el origen y, sin embargo, convivo día a día con la consecuencia más clara de percibir y padecer simultáneamente la distancia. Aquel "espacio o intervalo de lugar o tiempo que media entre dos cosas o sucesos".
En nuestro caso la distancia es mediada ni más ni menos, por una cadena montañosa llamada cordillera, considerada uno de los sistemas montañosos más grandes del mundo, con una longitud de 7.240 kilómetros y un promedio de 3.660 metros de altura, se extiende como un gran muro entre tu sombra y la mía.
Los acontecimientos que nos han mantenido bajo el signo de la distancia la mayor parte de nuestras vidas, corresponde a una incógnita que no logro descifrar en este momento.
Compartimos una misma órbita y, por un azar que no comprenderé nunca, viajamos a 29,7859 kilómetros por segundo, con el fin de brillar bajo un mismo reflejo solar, sin poder siquiera tocarnos.
Ambos vivimos en un planeta cuya superficie alcanza los 509.903.550 kilómetros cuadrados, en los cuales 7.349.472.000 seres humanos, como tú o como yo, transitan sin tener más que el pasado en sus bolsillos, ropa sucia, algo de esperanzas en el futuro y un músculo que no alcanza los 300 gramos, con forma de cono invertido, situado en el pecho con una  leve inclinación hacia el lado izquierdo de éste. Cada vez que escucho tu voz, este músculo fácilmente es capaz de latir más de 100 veces por minuto, casi al punto de quedarse atascado en mi boca, como una señal de vida, un momento súbito y plausible.
Y así es, nacimos en territorios diferentes. Tú, naciste en un país que se encuentra ubicado en el hemisferio sur occidental del planeta. Yo, nací en un país que se encuentra ubicado en el lado sudoriental del océano pacífico. A su vez, tu país y mi país, se confunden en una frontera que define tu espacio y mi espacio como líneas paralelas de 5.308 kilómetros cuadrados, que nunca han de unirse.
A diario, jugamos a resarcir la existencia de la tercera frontera de mayor longitud, de todas las fronteras que existen en el mundo. De mil maneras, nos convertimos en paracaidistas saltando al vacío de no habernos besado nunca.
Aquella tarde en que decidí hablarte, no sabía que así como las mías, tus alas también estaban algo rotas. Entonces ambos cruzamos una línea que apartaba al silencio, cubriéndonos de una lluvia fresca, al final del verano. Una lluvia que significaba más que agua cayendo desde las nubes. Tú y yo, dos pájaros errantes en un mismo punto: redes interconectadas compatibles entre sí, abrazando nuestras almas.